Tríptico N° 182 – Lydia Helander / Perla León

Poemas de Lydia Helander (Vivió en El Calafate y Gob. Gregores, Santa Cruz y en Casilda, Santa Fe. Actualmente reside en Florencio Varela, Buenos Aires).

Dibujos y acuarela de Perla León (S. C. de Bariloche, Río Negro).

 

 

 

 

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Nº182 Lydia Helander – Perla León

 

“Lydia Helander nació en Buenos Aires pero desde sus primeros meses de vida vivió en El Calafate y en Cañadón León, hoy Gobernador Gregores, provincia de Santa Cruz.

A sus diez años su familia se radicó en Casilda, provincia de Santa Fe, donde cursó sus estudios de Magisterio. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Se desempeñó como docente primaria, secundaria y terciaria en establecimientos de Calafate, Rosario, Capital Federal y Zona Sur del conourbano. Actualmente reside en Florencio Varela”.

Texto de la solapa del libro “Viajes y naufragios”.

 

Publicó los libros de Poesía:

«Viajes y Naufragios», Libro y Libre Editorial, 2014

«Digo Sur», Ediciones del Dock, 2017

«Camino a casa», Ediciones del Dock, 2019

«Walichu», Editorial La Gran Nilson, 2021

 

Algunos textos:

 

Autobiografía

 

Nací caballo y en el trópico de cáncer

un seis de julio de los años cuarenta

en plena guerra y con judíos masacrados

en Auschwitz.

De niña viví en la meseta patagónica

y descubrí fantasmas tehuelches

bajando de la montaña.

Encontré flechitas y piedras antiguas

en un manantial

y vi a mi padre desfilar como reservista

de la segunda guerra.

Dije poemas en una plaza y olvidé la mitad

para horror de algunos y alegría de otros.

Me disfrazaron de ángel a los siete años

porque era gorda y rubia

y escribí mi primera carta de amor

para la misma época.

Aprendí a leer con una tía

ya que en la escuela, mi maestra

sólo pensaba en Dios

y otra vez, porque era gorda y rubia

me llevó como escolta

al velorio de un angelito

provocando mis primeros miedos.

Después como en un tango

me olvidé del después.

Vino la diáspora

y en un barco de los Menéndez Behety

padre, madre y hermana

viajamos hacia el norte

a Santa Fe.

En el trayecto

el vaivén de las olas

inundó el camarote y mojó mi litera,

pero a pesar de los contratiempos

jugué a las escondidas entre las máquinas

y los marineros.

Por las tardes,

una nena lloraba

que no era yo, sino la niñera

de los hijos de un militar

azotada por el cinturón

de ese hombre

mientras yo leía Tartarín

y Alicia en el país de los espejos.

Delfines y gaviotas nadaban tras nosotros

en busca del almuerzo cotidiano.

Y no existía más que el mar

y aquella nave que se me antojaba

de Cristóbal Colón.

Cada noche se presentaba

una pareja

en el salón del comedor.

Ella, vistiendo blue jeans,

con cola de caballo

y un chalcito verde.

Él, flaco y de bigotes.

Según mi madre,

transitaban por su luna de miel

lo que era para mí un interrogante.

¿Por qué la luna y no el sol?

¿Por qué la miel y no la mermelada?

No se hacían preguntas, sólo se obedecía.

Las preguntas se guardaban

para los libros.

No sé cuántos días duró

aquella travesía,

llegamos al puerto de Buenos Aires

no a Santa Fe,

una mañana lluviosa de verano.

El cielo gris, el río marrón

y con un olor nauseabundo.

Tampoco sé lo que sentí.

Tal vez curiosidad

porque a mi compañera de juegos,

Judith

la vistieron de fiesta.

Por una escalerilla descendimos

sin estridencias

a nuestra nueva vida.

 

*

 

Telegrama

 

¡Oh! telegrama de la vida

¡Oh! azul

¡Oh! rojo

¡Oh! amarillo

déjame que te mire

por la ladera del tiempo

que es nacer

 

*

 

Miedo

 

¡Ay! si no hubo ya palabras

sólo adoquines y miedo

sólo la nada

o alguna mezquindad de oro

que tampoco,

en el traspaso de sueño de las edades.

¡Cómo volver atrás entonces!

los días, las pirámides,

la esfinge tangencial de pura arena,

cómo volver atrás…

si allí la telaraña,

la voraz,

la que nunca descansa…

 

*

 

a Diana Bellessi”

 

Es primavera y florecen los ceibos.

Viajo en combi desde Varela

hasta Constitución,

voy a casa de Diana…

Hace un montón de años,

era yo quien la veía viajar

sobre un vagón de tren

de Zavalla a Rosario,

con sus ojos azules, el cabello

en desorden y una boinita roja.

Entonces sabía que hilvanaba versos,

pero no que alguna vez

daría su luz a mis palabras…

En plaza Constitución tomo el subte,

luego desciendo bajo el puente pacifico,

donde varias familias duermen en la vereda

al abrigo del viento.

Camino cuatro cuadras, el tramo es corto,

llego a Fritz Roy y me detengo

frente al supermercado

para leer la placa medio sucia

que colocaron vecinos de Palermo.

Escribieron allí: “Mirta y Oscar”,

los apellidos no se distinguen bien,

“vivieron en esta casa”.

También agrega la inscripción:

“desaparecieron en el setenta y seis”.

Vuelvo a fijar mi vista en los nombres

borroneados

debajo de esos árboles intensamente verdes,

que forman arcos y danzan entre los edificios.

 

Es extraño, pero a pocas cuadras

y en la misma época,

quedaba mi propia casa.

Siento un escalofrío entre el recuerdo

de aquella ciudad llena de duelos invisibles

y de ese barrio

en que nacieron mis hijos.

Aquí estuve por última vez

junto a los compañeros más queridos.

No hubo después para ellos,

ni tampoco una placa.

Barquito de papel, que alguien tira al agua,

debí escapar del horror hacia otros puertos

aferrada a mis niños como una brújula

en el mar.

Hoy son ellos quienes rescatan la memoria

de los cumpas

y salvan su nombre del olvido.

 

L.H.